En el año 70 EC la perdimos.
El ejército romano conquistó lo que había sido
la gloria de la nación judía durante mil años. Saquearon Jerusalem y degollaron
o esclavizaron a todo residente judío.
Sesenta y cinco años después, el Emperador
Romano Adriano arrasó con la ciudad. En sus ruinas construyó Aelia Capitolina.
A los únicos judíos que les estaba permitida la entrada era a los esclavos
judíos. Y el nombre “Jerusalem” sobrevivió sólo en nuestros libros de
plegarias, desde los cuales le suplicábamos a Dios tres veces al día que
reconstruyera Jerusalem.
Cuando el Imperio Romano se reinventó a sí
mismo como el Imperio Bizantino en el siglo IV, trajeron de vuelta el nombre de
la ciudad, Jerusalem, pero no a sus judíos. Los judíos, quienes aún vivían en
florecientes comunidades en la Galilea y en las Alturas del Golán, tenían
permitida la entrada sólo un día al año: en Tisháb’Av, el día de la destrucción
del Templo Sagrado y de Jerusalem. Uno de los historiadores de la época,
Jerónimo, escribió: “Los judíos sólo pueden venir a lamentar la destrucción de
la ciudad, y deben comprar el privilegio de poder llorar por la destrucción de
la ciudad”.
La conquista árabe en el año 638 les arrebató
la ciudad a los Bizantinos. El Califa Omar, el gobernante musulmán, les
permitió a los judíos regresar. Un gran enclave judío se asentó al norte del
Monte del Templo. El Templo del monte era obviamente la corona de Jerusalem. El
emperador romano Adrián había construido un templo para Júpiter en la ruinas
del Templo Sagrado de Jerusalem. Los Bizantinos habían construido una iglesia
allí. Ahora los musulmanes nivelaron el lugar y construyeron el Domo de la Roca
y la Mezquita de Al Aqsa.
Los cruzados conquistaron Jerusalem en el año
1099 y mataron a todos los judíos y musulmanes. Un río de sangre corría por las
calles sagradas. Pronto los cristianos les permitieron a los tintoreros de
telas judíos regresar. Benjamín de Tudela escribió: “Hay aproximadamente 200
judíos que viven bajo la Torre de David”.
Un siglo más tarde, los musulmanes bajo el
liderazgo de Saladino vencieron a los cruzados, y a los judíos les fue
permitido una vez más el libre acceso a Jerusalem. Como RavShlomó ben Samson escribió:
“Llegamos a Jerusalem por el extremo occidental de la ciudad, rasgando nuestras
vestimentas al verla… fue un momento muy emocional, y lloramos amargamente”.
Los Mamelucos egipcios (soldados-esclavos) se
tomaron la ciudad en el año 1250. Cuando el famoso RavMoshé ben Najman (el
Rambán) llegó de España no encontró suficientes judíos ni siquiera para tener
minián. En una carta a su hijo, escribió: “Te escribo esta carta desde
Jerusalem, la ciudad santa… las más destruida de todas las ciudades… Encontramos
una casa en ruinas con pilares de mármol y un hermoso domo, y la convertimos en
una sinagoga… Las casas de la ciudad están abandonadas, y cualquiera puede
clamarlas”. El Rambán reestableció la comunidad judía de Jerusalem y la hizo
crecer.
En 1516, Los Turcos Otomanos conquistaron la
ciudad. El sultán Suleiman el Magnífico reconstruyó las murallas de Jerusalem y
motivó a los judíos exiliados de España (en 1942) asentarse allí. Menos de un
siglo después, sin embargo, el régimen Turco se volvió corrupto. Impusieron
grandes impuestos y muchas restricciones a los judíos de Jerusalem. Sin
embargo, atraídos por sus corazones y plegarias, los judíos continuaron
regresando a Jerusalem.
A mediados del siglo XIX la ciudad amurallada
de Jerusalem estaba tan poblada con judíos que unos pocos residentes sugirieron
mudarse hacia fuera de las murallas, pero sin la gran protección de las piedras
quedarían a la merced de las pandillas de bandidos. Sir MoshéMontefiore dio el
primer paso para resolver el problema y construyó un recinto protegido en las
afueras de la muralla; veinte intrépidas familias judías se fueron a residir
allí. Prontamente se formaron otros enclaves judíos y la nueva ciudad de
Jerusalem se extendió más allá de lo que posteriormente pasó a ser conocida
como la Ciudad Vieja, tal como se expande una manada en torno a su matriarca.
Los británicos derrotaron a los turcos durante
la Primera Guerra Mundial, y en 1917, el general Allenby marchó victoriosamente
a la Ciudad Vieja. Los británicos dividieron la Ciudad Vieja en cuatro cuartos:
el cuarto musulmán (actualmente la mitad del área de la Ciudad Vieja), el
cuarto cristiano, el cuarto judío y el cuarto armenio. Las designaciones fueron
ficticias: de acuerdo al propio censo de los británicos, la mayoría de los
residentes del “cuarto musulmán” eran judíos.
Los británicos mantuvieron las restricciones
de los turcos sobre los judíos en el kotel (el Muro de los Lamentos), el sitio
judío más santo del mundo junto al Monte del Templo. Sólo un angosto camino era
accesible para que los judíos fueran a rezar. Los judíos no tenían permitido
llevar asientos o bancos para sentarse. No tenían permitido poner una mejitzá
como la que existe en las sinagogas. Aquellos judíos que se atrevían a tocar el
shofar en RoshHashaná o al final de IomKipur eran arrestados y encarcelados.
Cuando, en mayo de 1948, los británicos fueron
forzados por la ONU a emprender retirada, la Ciudad Vieja de Jerusalem,
incluyendo el Monte del Templo y el kotel, cayeron en manos del ejército
jordano (conocido como la Legión Árabe). Todos los residentes judíos fueron
exiliados. Los hombres fueron llevados a Jordania como prisioneros de guerra, y
las mujeres, niños y ancianos fueron expulsados por la Puerta de Sión mientras
los que habían sido sus hogares por generaciones eran saqueados y quemados tras
ellos.
Por primera vez en tres milenios, la Ciudad
Vieja de Jerusalem era Judenrein.
El naciente estado de Israel, que había nacido
ese mes, proclamó a Jerusalem como su capital. David Ben Gurion, quien fuera el
primero en ocupar el cargo de primer ministro de Israel, declaró: “El valor de
Jerusalem no puede ser medido, pesado o puesto en palabras. Si una tierra tiene
un alma, Jerusalem es el alma de la tierra de Israel”.
La “ciudad nueva” de Jerusalem, dividida entre
Israel y Jordania, se llenó de instituciones gubernamentales, educacionales y
culturales. Pero su corazón, la amurallada Ciudad Vieja, rodeada de un alambre
de púas y una amenazante señal de “Tierra de nadie”, se mantuvo fuera de Israel
como, al igual que en algunas operaciones cardíacas, el corazón del paciente se
mantiene fuera de su cuerpo.
Por diecinueve años Jerusalem —la verdadera
Jerusalem, la Ciudad Vieja—, se retiró de nuestras vidas para mantenerse sólo
en nuestras plegarias y deseos. La más grandiosa cantante de Israel, Naomi
Shemer, compuso una inolvidable canción, “Jerusalem de oro”, la cual se volvió
un himno de anhelo de los judíos seculares, tal como lo era el salmo de “Si te
he de olvidar, Jerusalem” para los judíos religiosos.
Entonces, el día 28 del mes judío de Iyar, en
el tercer día de la Guerra de los Seis Días de 1967, mientras el ejercito
israelí batallaba con el ejercito jordano en áreas en torno a la Tierra de
Nadie, los comandantes israelíes de pronto se dieron cuenta que podía ser
posible recuperar la Ciudad Vieja. En los archivos del ejército israelí había
planes militares detallados para cómo tomar cada colina y campo en la tierra,
pero no había ningún plan de cómo tomar la Ciudad Vieja. Sus gruesas murallas,
construidas para resguardarla de los invasores, la habían hecho invencible en
1948, cuando docenas de guerreros judíos perdieron sus vidas intentando
penetrar el bastión. Pero ahora, cuando estaban siendo logradas victorias
milagrosas en cada frente, ¿era posible —realmente posible— recuperar la Ciudad
Vieja de Jerusalem?
La orden fue emitida a la Brigada 55 de
paracaidistas de Motta Gur para que tomasen la Ciudad Vieja. Siendo un judío
secular con el anhelo por Jerusalem corriendo por sus venas, Gur se sintió
sobrecogido por la responsabilidad, que después de 2.000 años, él fuese a
comandar a las fuerzas judías que finalmente traerían de vuelta a Jerusalem a
la soberanía judía.
Los paracaidistas entraron por la Puerta del
León. Para su sorpresa, fuera de ocasionales disparos de francotiradores, no
hubo mayor resistencia. Las fuerzas jordanas habían evacuado la noche anterior.
Las tropas israelíes se dirigieron como un magneto directamente al Monte del
Templo. Las palabras de Motta Gur, las cuales fueron escuchadas en Bunkers y
refugios antibombas y bases militares a lo largo de Israel, serían recordadas
por la historia moderna judía como el grito de guerra de un otrora derrotado
pero ahora victorioso pueblo: “HarHabayit be yadeinu, ¡el Monte del Templo está
en nuestras manos!”.
Aquí estoy hoy, en la Ciudad Vieja de
Jerusalem, 47 años después de aquél histórico día, y lo celebro como
IomIerushalaim, el día de Jerusalem.
Mi nieto juega en las ruinas de los romanos.
Mi esposo reza en la sinagoga del siglo XIII
que fuera fundada por el Ramban.
Diariamente camino por las calles de adoquines
en las que el profeta declaró: “Ancianos y ancianas habitarán nuevamente en las
calles de Jerusalem… y las plazas de la ciudad estarán llenas de niños y niñas
jugando en ellas” (Zacarías 8:4).
Y cada célula de mi cuerpo celebra el regalo
divino que es el retorno del pueblo judío a Jerusalem, y el retorno de
Jerusalem al pueblo judío.
¿Quieres celebrar conmigo?
¿Por qué celebrar el Día de Jerusalem?
18/May/2015
Aish Latino, por Sara Yoheved Rigler